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Sofía de Nassau, la alemana que reinó en Escandinavia durante 35 años

La reina Sofía de Suecia y Noruega (1836-1913) está considerada como una de las grandes Soberanas del siglo XIX, no solo por su largo reinado en calidad de consorte – que se extendió por 35 años en Suecia y en 33 en Noruega -, sino también por su prominente rol como Reina, anunciando así el protagonismo que las consortes tomarían en el siglo XX, como precursoras de causas sociales y culturales. Así, la reina Sofía sería, por ejemplo, la precursora de la enfermería en Suecia, llegando a ser considerada incluso como la inspiradora del sistema de salud nórdico, tan admirado y reproducido después en el resto del continente europeo. La reina Sofía fue una mujer de grandes convicciones religiosas, pero, al mismo tiempo, de ideas progresistas. Su influencia en su marido, el rey Óscar II (1829-1907) fue notable, hasta el punto de que no pocos historiadores la consideran como la verdadera Jefa de Estado durante el mandato de su marido. Hoy, pues, repasamos la biografía de la reina Sofía de Suecia y Noruega.

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Nace la futura monarca sueca el 9 de julio de 1836 en el Palacio de Biebrich, en Wiesbaden (Alemania), sede del Ducado de Nassau. Sofía era hija de Guillermo, Duque de Nassau (1792-1839), y la segunda esposa de éste, la princesa Paulina de Württemberg (1810-1856). Tanto ella como sus dos hermanos recibirían una notable educación que abarcaría desde las más diversas disciplinas académicas, desde el arte – la joven recibiría clases de piano del mítico Anton Rubinstein (1829-1894) – hasta, incluso, la esgrima, de la que Sofía sería una gran aficionada durante toda su vida. Ya desde sus primeros años, Sofía de Nassau se descubriría como una muchacha de gran inteligencia – su inglés era ya en la infancia inmaculado – y con un gran interés por la Historia.

La joven Sofía crecería con un gran apego por su madre, lo que en cierta manera perjudicaría sus relaciones sociales. Así, no sería hasta 1856, justo el año del fallecimiento de su progenitora, cuando la joven Sofía comenzaría a ser tenida en cuenta como posible candidata a desposar con alguno de los miembros de Casas Reales europeas. Éstos veían en un enlace con la Casa de Nassau, no solo un acicate en términos de prestigio, sino también un notable incentivo económico, una vez que los Nassau poseían un vasto patrimonio.

UN AMOR A PRIMERA VISTA 
Durante el verano de 1856, el entonces príncipe Óscar de Suecia, Heredero al trono, comenzó una gira por diversas cortes europeas con el objeto de encontrar una futura esposa con la que poder dar descendencia a la dinastía escandinava. Descartado un posible matrimonio con la Casa Real británica – que no tenía mayor interés en colocar a uno de sus miembros en el Norte de Europa -, la candidata más idónea resultó ser la joven Sofía de Nassau. El encuentro entre ambos, acontecido en la residencia de verano de los Nassau, conocida como Monrepos, fue todo un éxito, surgiendo el enamoramiento mutuo casi de inmediato. Las negociaciones entre las dos familias comenzaron rápidamente y el 6 de junio de 1857 los dos jóvenes se dirían el sí quiero en el Castillo de Wiesbaden-Biebrich.

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Sofía, convertida ya en Princesa de Suecia, llega a su nueva nación a mediados de junio de 1857, siendo recibida con algarabía por sus súbditos. La joven Princesa, abrumada por la cálida acogida, no pudo contener las lágrimas y no dudó en abrazarse a su marido en varias ocasiones en su paseo por las calles de Estocolmo. Apenas transcurrido un año de matrimonio, la princesa Sofía daría a luz a su primer hijo, el que en el futuro se convertiría en el rey Gustavo V (1858-1950). En 1859 le seguiría Óscar (1859-1953) y más tarde Carlos (1861-1951) y Eugenio (1865-1947). Haciendo gala de un carácter profundamente progresista, la Princesa se negó a que sus hijos recibieran la educación en Palacio, optando sin embargo por inscribirlos en una escuela pública.

Con la muerte de su cuñado, Carlos XV (1826-1872), sin descendencia, Sofía se convertiría en Reina consorte de Suecia y Noruega. Pese a que su marido no despertaba ni la confianza ni la simpatía de los suecos y, especialmente, de los noruegos, Sofía, gracias a su popularidad, lograría fortalecer la institución monárquica en ambos países escandinavos, así como en el exterior. Es conocido, por ejemplo, que Napoleón (1769-1821) elogió en repetidas ocasiones a la reina sueca, por su personalidad arrebatadora y por su imagen imponente – la Reina era famosa por sus espectaculares vestidos y exquisitas joyas, cuyo objetivo era subrayar la importancia de la Corona en Suecia y Noruega -. 

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La relación entre los Reyes fue siempre amable, si bien hay que destacar que el Rey tuvo varios idilios, de los que la reina Sofía era plenamente consciente – especialmente polémico y sángrate fue su affaire con una actriz Magda von Dolcke (1838-1926), que haría correr ríos de tinta -. La Reina nunca se mostró débil en público, aunque en privado sufrió mucho por el adulterio de su marido, llegando a tener problemas de salud asociados a la tristeza del engaño.

LA RELIGIÓN, EL REFUGIO DE LA REINA
La gran vía de escape de la Reina sería la religión. La Soberana se refugiaría en los Evangelios de una forma fervorosa, convirtiéndose en una seguidora de las doctrinas del nuevo movimiento evangélico, una corriente cristiana protestante muy conservadora. Llevada por la fe, la Reina se volcaría además en demostrar su piedad y buena voluntad con los más desfavorecidos. Todo su patrimonio lo pondría al servicio del desarrollo de la sanidad en Suecia, llegando a crear una universidad para formar a enfermeras y un hospital en el centro de Estocolmo. Asimismo, apoyaría a decenas de organizaciones benéficas, como el Ejército de Salvación, que debe su existencia en Escandinavia a los esfuerzos de la reina Sofía por implantarlo. Poco a poco su interés por la política fue disminuyendo – durante los primeros años de reinado de su marido fue acusada de tratar al Rey como una mera marioneta de sus deseos -, sustituyéndolo por la caridad extrema y la vía espiritual casi ascética.

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En 1907, el rey Óscar moriría, convirtiéndose Sofía en Reina Viuda de Suecia. Durante los últimos años de vida, la Reina dedicaría su tiempo no solo a apoyar las causas benéficas, sino también a viajar a su Alemania natal y al Reino Unido, donde solía ofrecer fiestas a las que acudían lo más granado de la sociedad británica, con el único objeto de recaudar fondos para la financiación de nuevos hospitales, colegios y residencias de ancianos. La admiración y la gratitud del pueblo sueco por su Reina – considerada por gran parte de la población, sobre todo la de los estratos más desfavorecidos, como una segunda madre - siempre fueron extraordinarias.

La reina Sofía moriría el 30 de diciembre de 1913, a la edad de 77 años, en el Palacio Real de Estocolmo. Toda Suecia recibiría la noticia con auténtica conmoción y el luto acompañaría a la nación escandinava durante semanas. El entierro de la Soberana, llevado a cabo en la Iglesia de Riddarholm, lugar donde descansan los restos mortales de los miembros de la Casa Real sueca, se convirtió en un ejercicio masivo de reconocimiento del pueblo sueco a la Reina. Aún hoy su figura se recuerda con afecto y admiración. 

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